Centro incógnito del análisis confuso.
Resonaban gritos – como siempre – esta vez claros y misteriosos
entre los pabellones entrecruzados, aunque nadie que los oiga
– Comunión – gritaba. Añadió el conserje y continuó barriendo el suelo con el bigote.
– Comunión – gritaba. Añadió el conserje y continuó barriendo el suelo con el bigote.
A mi llegada, el espacio, habitualmente atestado, no concurrió en
excepción y resultaba difusa la tarea de establecer referencias donde todo es
móvil y fluye el escurrir. Aun peor tras un preludio tan retorcido como lardo. Con solo un rumor de rebote en el bolsillo.
Me fastidiaba la idea de volver sin novedad a la oficina, ir a
casa a no dormir y acudir a intentar nuevamente. Ya no estaba para estos
divagues. No a mi edad.
Mis notas solo daban saltos, mis preguntas disparaban solo anécdotas e
ideas frescas que se deshilachaban hasta enredarse con algún transeúnte y
desaparecer junto a sus emisores. Yo hablaba con todo el mundo, como todo el
mundo, aunque sin rastro de aquella noche presuntamente lejana.
Y un nuevo retorno; preocupábame ya ser tomado por interno así que no hacía nada, pero
con la mayor seriedad posible. Y en la oficina golpearme la cabeza. Otro día
perdido. Pero siempre que en base al abandono decidía buscar un menor alquiler y
alimentarme de sueños crudos, alguien que preguntaba por la gabardina intrusa desataba mi curiosidad solo para volverse a tejer el viejo silencio guardado tras las
palabras.
Dudaba de mis apuntes, desde un principio, y ya de mi vista y memoria.
Pedí réplica a varios entrevistados, sinceramente dispuesto a prestar atención
pero se limitaron a levantar un espejo a la altura del rostro. Temblando.
Ofreciendo un abrazo, no muy largo, silencioso y cosa rara en el paisaje; se
hacían granito macizo y se hundían baso los pies. Y yo rechace toda
invitación – para volver a casa – y decidí dejar sin respuesta la única
pregunta que siempre hubo.
Todo en uno siempre me pareció romántico, imposible, aunque cada
sólido encuentro paralizó una porción de mí, volvióse un recuerdo igual de
concreto pero igualmente inaccesible (ni hablar de las notas), unido hasta
donde los ojos pueden ver. Más allá, quién sabe.
Quién sabrá si dentro de una montaña se estaría realizando una
conversación sin tiempo ni barreras, sin preguntas ni respuestas. En fin, sin
idas ni venidas, siquiera un mínimo zumbido acariciando todo a la vez.