domingo, 9 de febrero de 2014

Comunión?

Centro incógnito del análisis confuso.

Resonaban gritos – como siempre – esta vez claros y misteriosos entre los pabellones entrecruzados, aunque  nadie que los oiga
– Comunión – gritaba. Añadió el conserje y continuó barriendo el suelo con el bigote.

A mi llegada, el espacio, habitualmente atestado, no concurrió en excepción y resultaba difusa la tarea de establecer referencias donde todo es móvil y fluye el escurrir. Aun peor tras un preludio tan retorcido como lardo. Con solo un rumor de rebote en el bolsillo.

Me fastidiaba la idea de volver sin novedad a la oficina, ir a casa a no dormir y acudir a intentar nuevamente. Ya no estaba para estos divagues. No a mi edad.

Mis notas solo daban saltos, mis preguntas disparaban solo anécdotas e ideas frescas que se deshilachaban hasta enredarse con algún transeúnte y desaparecer junto a sus emisores. Yo hablaba con todo el mundo, como todo el mundo, aunque sin rastro de aquella noche presuntamente lejana.

Y un nuevo retorno; preocupábame ya ser tomado por interno así que no hacía nada, pero con la mayor seriedad posible. Y en la oficina golpearme la cabeza. Otro día perdido. Pero siempre que en base al abandono decidía buscar un menor alquiler y alimentarme de sueños crudos, alguien que preguntaba por la gabardina intrusa desataba mi curiosidad solo para volverse a tejer el viejo silencio guardado tras las palabras.

Dudaba de mis apuntes, desde un principio, y ya de mi vista y memoria. Pedí réplica a varios entrevistados, sinceramente dispuesto a prestar atención pero se limitaron a levantar un espejo a la altura del rostro. Temblando. Ofreciendo un abrazo, no muy largo, silencioso y cosa rara en el paisaje; se hacían granito macizo y se hundían baso los pies. Y yo rechace toda invitación – para volver a casa – y decidí dejar sin respuesta la única pregunta que siempre hubo.

Todo en uno siempre me pareció romántico, imposible, aunque cada sólido encuentro paralizó una porción de mí, volvióse un recuerdo igual de concreto pero igualmente inaccesible (ni hablar de las notas), unido hasta donde los ojos pueden ver. Más allá, quién sabe.


Quién sabrá si dentro de una montaña se estaría realizando una conversación sin tiempo ni barreras, sin preguntas ni respuestas. En fin, sin idas ni venidas, siquiera un mínimo zumbido acariciando todo a la vez.