El asunto enrarecía cuando se acercaba hasta ahí un fantasma al que solo le quedaba la misma aureola de pelo que a un payaso, pálida como él mismo. Ni bien ni mal vestido, flaco y fumador encorvado detrás de mis rejas a soltar su verborragia mística.
-¿Qué hace usted?- Le pregunte una vuelta.
-Yo solo intento ayudar- Me dio a entender.
Si lo veía, solo me podía preguntar de dónde había salido. Igual la charla iba a otro lugar. Siempre a otro lugar. Al punto en que mas bien terminaba preguntándome qué estamos haciendo donde sea que estemos (aveces solo hay lugar para una pregunta a la vez). Igual, siempre terminaba recordando donde no estamos.
-Si yo supiera como sabe ese perro no necesitaría ni esa reja ni mi barrio.-
Confundía.
-La razón no es suficiente.-
seguía catedrático.
-Yo estoy tranquilo porque nunca necesite razones.-
Era fácil ser fantasma en ese barrio. Uno se termina quejando de memoria y si todo se hacen mal nos perdemos preguntándose quién hace qué o es quién en dónde y nunca resuelve nada. Le concedo estar mas concentrado que yo.
Igual, entre fantasmas no nos pisamos la sábana, pero nunca me ayudo a mi ni me regaló nada (cosa que tampoco necesite). No se si tenía algo. Solo ganas de fumar y hablar.
A cualquier hora, dentro de las 9, 12 o 15 que podía pasarme encajado entre la pequeña escala viviente de ‘99 Cents II, Diptych’ y los zumbidos constantes, se metia él entre la reja y la oscuridad a saludar y recomendar una sinfonía embrujada de la tribu salvaje.
Le cabía sembrar el contraste. Por ahí me pensaba mas humilde, o menso, o no le importaba tanto. Yo, por mi parte nunca sentí un lugar ajeno al turismo.
Ya no trabajo ni vivo en ese barrio; ni cruzo en los horarios en que al reloj se le mezclan las agujas de este mundo para que entren los fantasmas. ¿Equivale a que ya haya muerto? Un día va a pasar ¿No?.
-El problema es que los fantasmas nunca se conocen-
tiró un día.
-Y ya te dije, están encerrados.-
contesté.
-Eso quieren. Miedo, Sin caras. Ya ni se la acuerdan.-
después algo de los yogures sin gusto de antaño.
No recuerdo, ni entendí la mitad de lo que ataba ahí.
-¿Dónde encontamos el poder de ver?-
buscaba entre el tabaco
-Es como el perro, aunque no es el perro.-
¿blanqueó?
-Si lo fuera no podría dejar de serlo, no lo sabría. ¿Cómo me manejo? -
seguía, pitaba y seguía...
-¿Y al final qué se mueve? ¿Hablamos? ¿Y sigue la misma? Tu barrio de giles.-
hubiera dicho.
Y en esas, de haberme animado, tendría final que contar. Supongo le pertenece a él que está mas viejo ¿Será como siempre? Como todas las reparchadas comedias de nuestras calles cómodas para matar la vida.
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