domingo, 28 de julio de 2013

titulo

El asunto enrarecía cuando se acercaba hasta ahí un fantasma al que solo le quedaba la misma aureola de pelo que a un payaso, pálida como él mismo. Ni bien ni mal vestido, flaco y fumador  encorvado detrás de mis rejas a soltar su verborragia mística.

-¿Qué hace usted?- Le pregunte una vuelta.

-Yo solo intento ayudar- Me dio a entender.

Si lo veía, solo me podía preguntar de dónde había salido. Igual la charla iba a otro lugar. Siempre a otro lugar. Al punto en que mas bien terminaba preguntándome qué estamos haciendo donde sea que estemos (aveces solo hay lugar para una pregunta a la vez). Igual, siempre terminaba recordando donde no estamos.

-Si yo supiera como sabe ese perro no necesitaría ni esa reja ni mi barrio.-

Confundía.

-La razón no es suficiente.-

 seguía catedrático.

 -Yo estoy tranquilo porque nunca necesite razones.-

Era fácil ser fantasma en ese barrio. Uno se termina quejando de memoria y si todo se hacen mal nos perdemos preguntándose quién hace qué o es quién en dónde y nunca resuelve nada. Le concedo estar mas concentrado que yo.

Igual, entre fantasmas no nos pisamos la sábana, pero nunca me ayudo a mi ni me regaló nada (cosa que tampoco necesite). No se si tenía algo. Solo ganas de fumar y hablar.

A cualquier hora, dentro de las 9, 12 o 15 que podía pasarme encajado entre la pequeña escala viviente de ‘99 Cents II, Diptych’ y los zumbidos constantes, se metia él entre la reja y la oscuridad a saludar y recomendar una sinfonía embrujada de la tribu salvaje.

Le cabía sembrar el contraste. Por ahí me pensaba mas humilde, o menso, o no le importaba tanto. Yo, por mi parte nunca sentí un lugar ajeno al turismo.

Ya no trabajo ni vivo en ese barrio; ni cruzo en los horarios en que al reloj se le mezclan las agujas de este mundo para que entren los fantasmas. ¿Equivale a que ya haya muerto? Un día va a pasar ¿No?.

-El problema es que los fantasmas nunca se conocen-

tiró un día.

-Y ya te dije, están encerrados.-

contesté.

-Eso quieren. Miedo, Sin caras. Ya ni se la acuerdan.-

después algo de los yogures sin gusto de antaño.

No recuerdo, ni entendí la mitad de lo que ataba ahí.

-¿Dónde encontamos el poder de ver?-

buscaba entre el tabaco

-Es como el perro, aunque no es el perro.-

¿blanqueó?

-Si lo fuera no podría dejar de serlo, no lo sabría. ¿Cómo me manejo? -

seguía, pitaba y seguía...

-¿Y al final qué se mueve? ¿Hablamos? ¿Y sigue la misma? Tu barrio de giles.-

hubiera dicho.

Y en esas, de haberme animado, tendría final que contar. Supongo le pertenece a él que está mas viejo ¿Será como siempre? Como todas las reparchadas comedias de nuestras calles cómodas para matar la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario